…Era una ninfa… provenía de los viejos bosques del sur… en una migración de aves, decidió asirse a las alas de una gaviota que la llevaría al ocaso del océano. Su sueño: respirar la brisa salada de la playa y sentir la arena, en cada poro de su aterciopelada tez y la humedad, en sus alas transparentes …esa era su ilusión, cambiar de vida… pero no siempre las decisiones nos llevan a donde imaginamos, porque, es precisamente ese aspecto de la vida que no controlamos, las expectativas de lo que imaginamos que pasará y que no siempre coincide con la realidad… La expectativa de Izza era que, en esa migración, llegará al sol y a la arena, para vivir su fantasía…


El viento, caprichoso y voluble de pronto la atrapó en remolinos y, junto a la parvada de gaviotas, que no estaban acostumbradas a la fiereza de un viento de montañas, solo a la brisa de la playa, las sorprendió. Al no tener fuertes alas y plumajes, poco a poco fueron cayendo, también esa gaviota de donde,
Izza estaba fuertemente aferrada.


Despertó, y no sabía cuanto tiempo había pasado, la gaviota parecía haber muerto hace años… Despertó como si solo hubiese cerrado sus ojos por un minuto… pero notó que estaba en un lugar lúgubre, sombrío… parecía ser, eso que la anciana hechicera de su valle, describía como desierto… la arena, era fuego como el mar, pero no había humedad, el sol era temerario y destruía sin piedad cualquier connato de vida. La sombra, el necesario escondite, también era un destino fúnebre. Se dio cuenta, cuando un pequeño lagarto se acercaba para protegerse del sol y no pudo evitar escaparse de unas garras que salieron de la oscuridad.

Izza había perdido una de sus alas, por lo que tenía que arriesgarse a volver a usar sus pies, hacía mucho tiempo no caminaba… Tenía miedo, dudas, creía que no llegaría más lejos, no sabía en donde estaba, la realidad era muy distinta al lugar que deseaba…


Se encontró en una encrucijada, porque, permanecer no era una opción. Debía avanzar, atreverse a andar… ella sabía que no estaba sola, la acompañaban los espíritus del bosque, las voces de sus antepasados, las almas de las ninfas de Arsmendal. Tomó un respiro profundo, miró al cielo y comenzó a observar una migración de aves, y aunque no tenía claro que tipo de aves eran, sintió la necesidad de volver a volar, a migrar.

Suspiró y comenzó a cantar en silencio, como para que su corazón fuera el único que escuchara su voz… poco a poco sintió tranquilidad en esa incertidumbre, sintió una calidez en lo profundo de su alma…comenzó a cantar más fuerte, con los ojos cerrados, para que el viento escuchara su voz y de pronto, sintió crecer el pasto entre sus pies, sintió que aquel lugar desierto, en realidad solo era el reflejo de sus miedos.

A su rededor, crecían flores, árboles… no se había dado cuenta, que su mundo, verde o rojo, desierto o bosque, montañas o mar, existía según la forma en la que expresaba sus sentimientos. Comenzó a darse cuenta, que no era soledad o miedo, era su propia energía la que dirigía su sonrisa, su bienestar. Empezó a sentirse viva, empezó a tener fe, a dejar ese miedo a las garras, a la oscuridad, a saberse vulnerable, porque brillaba y sin darse cuenta, sus alas renacieron más grandes, más fuertes… se sintió plena, cuando abrió nuevamente sus ojos y se dio cuenta que el mar, yacía cerca de ahí, a pocos pasos de sus pies… alzó el vuelo y pudo reconocer una la luz que brillaba en esa inmensidad del mar, sonrío y se sintió más viva que nunca, cuando vio que era su propio reflejo…


Puede ser que la veas, que la descubras cuando nace un nuevo día, cuando volteas al infinito, cuando sonríes por las pequeñas cosas, cuando das gracias por lo que tienes, cuando aprecias la belleza de cada segundo… mientras sigas siendo agradecido con la fantástica oportunidad de seguir respirando… esa ninfa es la inspiración, de que el color de tus días, son el reflejo de lo que existe en tu interior…